sábado, diciembre 31, 2005

Heaven

Heaven no es mi canción favorita de los Talking Heads, ni la más adecuada para una noche como la de hoy, lo sé. Es simplemente la canción que me apetecía enseñaros y la que llevo más de media hora escuchando una vez tras otra.

Feliz año a todos.


Heaven - Talking Heads


Heaven

Everyone is trying to get to the bar
The name of the bar, the bar is called Heaven
The band in Heaven, they play my favourite song
Play it one more time, play it all night long

Heaven is a place where nothing ever happens
Heaven is a place where nothing ever happens

There is a party, everyone is there
Everyone will leave at exactly the same time
When this party is over it will start again
It will not be any different, it will be exactly the same

Heaven is a place where nothing ever happens

When this kiss is over it will start again
It will not be any different, it will be exactly the same
It's hard to imagine that nothing at all
Could be so exciting, could be this much fun

Heaven is a place where nothing ever happens
Heaven is a place where nothing ever happens

jueves, diciembre 29, 2005

Migraine Boy

Ya sé que lo tengo aquí enlazado, pero no me quedo tranquila. ¿Cómo sé yo que habéis descubierto lo estupendo que es the nonist? Ayer, mientras hacía la ronda, me topé con esta tira de cómic. Hacía muchísimo tiempo que no encontraba un cómic que me enganchara. Tanto, que ya no recuerdo cuál fue. Lo pensaré.

De momento, os dejo el enlace al post de mi admirado the nonist y esta tira, una de las que más me hicieron reír ayer.



P.S. La primera a lo mejor os deja un poco fríos. Las cinco siguientes deberían despertaros la curiosidad... y a partir de la décima deberíais contentísimos de haber descubierto al 'chico migraña'. Y si no, ¡no volváis por aquí!

Miopía

Finalmente, los presagios se han cumplido. Después pasar por el astigmatismo, la hipermetropía y la disfunción de la convergencia, por fin he conseguido, gracias a mi recién estrenada miopía, que me receten unas gafas a tiempo completo.



La Verdad

Una de las convicciones que me empeño en propagar en cuanto tengo ocasión y que más enemigos me ha granjeado es la de que no existen las verdades relativas, sino únicamente una: la verdad absoluta. Que nosotros -y me incluyo- tengamos una mayor o menor capacidad para discernir cuál es en cada caso esa verdad absoluta, no significa que no exista y que no esté perfectamente definida.

Las verdades relativas, al igual que las mentiras piadosas y también un cierto tipo de hipocresía, son artilugios esenciales para garantizar el correcto funcionamiento de las relaciones sociales. Nos protegen de los errores, propios y ajenos, pero nos obligan a vivir en un mundo fantasmagórico en el que “en el fondo, todas las personas son iguales” o en el que “nadie puede decidir si un libro es bueno o no”. No estoy negando la necesidad de que impere la tolerancia, pero no creo que esto deba representar la validación automática de cualquier opinión por el simple hecho de que alguien se sienta representado por ella. En cualquier discusión de peso, uno tiene razón y el otro, lamentablemente, no.

Cuando los elementos a juzgar son sencillamente sublimes o sencillamente execrables, nadie muestra la menor duda. Pulgar arriba o pulgar abajo: ni un titubeo. Pero a medida que nos alejamos de esos extremos, el bagaje que se nos exige para rozar esa verdad es cada vez más pesado, más caótico. Cuando todos estamos ciegos, ¿cómo decidir qué es lo que vale y qué lo que no? Sólo hay dos soluciones: aceptarlo todo o rechazarlo todo, aunque ésta última, hoy día, no se estila mucho. Esta apertura masiva, indiscriminada –e inevitable- ha traído consigo una entronización de la mediocridad (en el sentido literal del término). Nadie condena para no ser condenado. Todos se afanan en sostener el mecanismo que los alimenta.

Pero de vez en cuando, el talento auténtico aparece ante nosotros y nos recuerda que la verdad absoluta, sigue ahí, inmutable.

martes, diciembre 27, 2005

Borrón y cuenta nueva

Afortunadamente, las auténticas pesadillas no se recuerdan al despertar.

domingo, diciembre 25, 2005

Robert Walser

Como odio los números redondos -y mucho más si son pares- voy a saltarme las convenciones a la torera rindiendo homenaje al gran Robert Walser hoy, exactamente 49 años después de su muerte.

El texto que sigue lo escribí hace un tiempo y, más que nada por inseguridad y porque se trata de un trabajo académico, tenía la intención de reescribirlo. Pero ahora, cuando he vuelto a leerlo, me he dado cuenta de que está en él todo lo que quiero decir. Está centrado en uno de sus libros, 'El paseo', y hace especial hincapié en la idea del relato como viaje, pero creo que es igualmente representativo del conjunto de su obra. Si no lo conocéis ya, desería al menos conseguir despertar vuestro interés por él.

- - - - - - - - - -

'El paseo' de Robert Walser


"Creo en el mundo como en una margarita,
porque lo veo. Pero no pienso en él,
porque pensar es no comprender...
El mundo no se hizo para pensar en él
(pensar es estar enfermo de los ojos)
sino para mirar hacia él y estar de acuerdo..."

Fernando Pessoa / Alberto Caeiro
El guardador de rebaños





Decía Elias Canetti, uno de los más apasionados defensores de Walser, que no había nada que le fuera más ajeno que la grandeza. Quizás esto, unido a una misantropía que le llevó siempre a rehuir los círculos intelectuales de su tiempo, fuera uno de los motivos que sumió su obra y a él mismo en un silencio que sólo en los últimos años se ha empezado a rasgar. Sin embargo, Walser sigue siendo un escritor tan elogiado como desconocido, y no sólo entre el publico: aún hoy es casi imposible encontrar su nombre en los manuales de historia de la literatura.
Huyendo siempre de los grandes artificios literarios, lo realmente fascinante de Robert Walser es su visión. Según él, "el escritor como es debido es alguien que acecha, un cazador, un ojeador, alguien que busca y encuentra". De ahí su gran afición a los largos paseos, una costumbre rayana a la manía que le llevaba a caminar durante horas, recorriendo decenas de kilómetros, y que constituía la fuente de su inspiración. Berlín fue su destino más lejano, pero eso no impide considerarlo uno de los mayores viajeros del siglo XX.


1. El paseo como viaje en busca de lo (extra)ordinario

Si hubiera que señalar unas constantes en el amplísimo género de la literatura de viajes, éstas serían, según el estudio Los viajes y la literatura, de Domenico Nucera, la decisión de partir, el viaje en sí, y la necesidad de retorno. La primera de estas etapas, la partida, precisa sólo de unas líneas para concretarse en nuestro relato. Una frase, por otro lado, que va a marcar la austeridad y la vitalidad del lenguaje literario que impregna la novela:

"Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle."

Pero, ¿cual es el motivo que lo impulsa a partir? El propio narrador, que por la multitud de detalles biográficos podemos identificar perfectamente con el mismo Walser, responde en el párrafo siguiente:

"Olvidé con rapidez que arriba en mi cuarto había estado hacía un momento incubando, sombrío, sobre una hoja de papel en blanco. Toda la tristeza, todo el dolor y todos los graves pensamientos se habían esfumado, aunque aún sentía vivamente delante y detrás de mí el eco de una cierta seriedad."

Así, el motivo del viaje es escapar de un estancamiento creativo del que se conseguirá salir convirtiendo el mismo viaje en tema literario. Paradójicamente, para poder escribir hay que huir de la escritura.
El relato que sigue es un monólogo en el que intervienen tan sólo unos pocos personajes con voz, que, sin embargo, parece ser la misma del narrador, creando la sensación de un discurso ininterrumpido. Ningún nexo de unión enlaza todos estos personajes, que tampoco están organizados en diferentes unidades narrativas. Simplemente aparecen, como islotes flotantes en medio del monólogo que recorre la obra de principio a fin.

Como el mismo narrador resume cerca del final del relato, en su paseo, a la manera de los cuentos maravillosos, se ha encontrado con un gigante, ha visto profesores, ha tratado con libreros y empleados de banca, ha hablado con futuras cantantes y antiguas actrices, ha comido con ingeniosas damas, ha paseado por los bosques, ha enviado peligrosas cartas y se ha batido violentamente con insidiosos e irónicos sastres. Una serie de encuentros que sirven a Walser para poner en juego su visión crítica.

En algunos casos, parece tratarse de una crítica ingenua e inofensiva, pero esto se debe, de nuevo, a la engañosa sencillez con la que está construida y a la presencia omnipotente del humor, enemigo incondicional de esa solemnidad, de esa "aureola de santidad" que tiende a los escritores "la escalera al éxito". Así, tras el episodio del librero encontramos una crítica a estos escritores instalados en la comodidad de la fama (auténticos asesinos, en la opinión de Walser) y a la aprobación gregaria del público:

" -¿Podría -pregunté con timidez- ver y apreciar al instante lo más esmerado y serio, y por tanto naturalmente también lo más leído y más rápidamente reconocido y vendido? (...)
-Con mucho gusto -dijo el librero. (...) Llevaba el valioso producto intelectual tan cuidadosa y solemnemente como si portara una milagrosa reliquia. (...)
-¿Podría usted jurar que este es el libro más difundido del año?
-Sin duda
-¿Podría afirmar que este es el libro que hay que haber leído?
-A toda costa
-¿Y es realmente bueno?
-¡Qué pregunta tan superflua e inadmisible!"

Sin embargo, Walser también es capaz de detenerse ante una mujer y alabar su belleza ("¿Puede hacer que se irrite conmigo la abierta confesión de que fui muy feliz cuando la vi?"), de quedar atrapado por el canto de una voz sublime ("Era como morir de pena, morir quizás de extrema alegría") o de narrarnos el enfrentamiento con el sastre a causa de un traje mal cortado como si estuviéramos en una novela de caballerías ("Mi quizá demasiado y fogoso ataque se había transformado en una dolorosa y ultrajante derrota, retiré mis tropas del desdichado combate, me marché silencioso y huí avergonzado. De tal modo terminó la osada aventura con el sastre").

Es evidente que, al menos en cuanto a la forma, el paseo de Walser puede considerarse perfectamente un viaje literario. Pero, ¿y en cuanto a los objetivos?. Según el mencionado estudio de Domenico Nucera, el viaje será estéril si no consigue transformar y renovar al individuo. En El paseo esta transformación puede verse desde tres perspectivas diferentes:

. El encuentro de la inspiración
Tanto en la novela como en la vida real, los paseos eran para Walser la mayor fuente de inspiración. Sin ellos, como afirma en la larguísima réplica al empleado de la hacienda municipal, "no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa". Esta réplica-monólogo es uno de los más bellos discursos en torno a la figura del escritor paseante, que tiene como ilustres representantes a Edgar Allan Poe, William Wordsworth, Thomas de Quincey o Jean-Jacques Rousseau:

"Sólo produzco mientras paseo, el campo es mi cuarto de trabajo; el aspecto de una mesa, del papel y de los libros me aburre, las herramientas de trabajo me desaniman, si me siento a escribir no me viene nada al espíritu y la necesidad de tener ingenio me priva de él"

Una afirmación con la que guarda un gran parecido la siguiente de Walser, escrita más de cien años después:

"Sin el paseo y sin la contemplación de la Naturaleza a él vinculada, sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho."

. El encuentro de la Unidad
Algunos de los rasgos más característicos de las obras de Robert Walser son el lenguaje directo, sencillo, las frases cortas, las lista de adjetivos, los juegos visuales... Todos ellos acaban convirtiendo las descripciones en una sucesión de imágenes dispersas, algo parecido a ver desfilar rápidamente ante nosotros una selección de fotografías, primeros planos que nos muestran los detalles pero no la imagen total de la que forman parte. El siguiente pasaje da buena muestra de ello:

"Un perro se refresca en el agua de la fuente. Golondrinas, me parece, trisan en el cielo azul. Una o dos damas elegantes, con faldas asombrosamente cortas y botines altos de color sorprendentemente finos, se hacen notar espero que tanto como cualquier otra cosa. Llaman la atención dos sombreros de verano o de paja. La cosa con los dos sombreros de paja es la siguiente: de repente veo dos sombreros en el aire luminoso y delicado, y bajo los sombreros hay dos excelentes caballeros que parecen desearse buenos días mediante un bello y gentil levantar y agitar el sombrero."

Es decir: no sabemos si se trata realmente de golondrinas, o si hay una o dos damas. Éstas, por otro lado, quedan reducidas a un par de bonitas piernas con sus correspondientes botines, y a su lado, dos "sombreros" se dan los buenos días. El mundo que nos hace llegar Walser está totalmente fragmentado.
Esta fragmentación de la realidad es, según Georg Lukacs, el rasgo definitorio de la novela en contraposición a la epopeya. En la primera, su protagonista, el héroe novelesco, debe convertirse en un buscador de "la totalidad secreta de la vida", mientras que la segunda ya formaba por su misma una totalidad. El resultado de esa búsqueda, el encuentro de la unidad, queda reflejado en algunos de los pasajes más bellos y extáticos del libro:

"Yo me detenía y escuchaba, y de repente se apoderó de mí un inefable sentimiento del mundo y una sensación de gratitud, unida a él, que brotaba del alma con violencia"

"Aquí en el paso a nivel me parecía estar en el punto culminante o algo como el centro, desde el que volvería a bajar poco a poco. (...) Casas, huerto y personas se transformaban en sonidos, todos los objetos parecían haberse transformado en un solo espíritu y una sola ternura (...) El espíritu del mundo se había abierto, y todos los padecimientos, todas las decepciones humanas, todo lo malo, todo lo doloroso, parecía esfumarse para no volver más."

. El encuentro del Otro
También en El paseo aparece el componente de descubrimiento del Otro, pero en este caso no se refiere a los personajes con los que se va cruzando. Ya hemos comentado antes que, de hecho, son de algún modo incorpóreos y no llegan a interferir en el transcurso del monólogo. El Otro en este caso se encuentra dentro mismo del narrador y, sin embargo, el viaje es el medio necesario para llegar a él:

"Yo me había convertido en un interior, y paseaba como por un interior; todo lo exterior se volvió sueño, lo hasta entonces comprendido, incomprensible. (...) Yo ya no era yo, era otro, y precisamente por eso, otra vez yo. A la dulce luz del amor, reconocí o creí deber reconocer que quizá el hombre interior sea el único que en verdad existe."

Unas páginas más adelante, el sol comenzará a caer y anunciará el silencioso fin. La necesidad de retorno se había anunciado desde las primeras páginas ("Todo esto lo escribiré después en una especie de fantasía que titularé El paseo"), de hecho, no existiría el viaje si no existiera desde el principio la posibilidad del retorno. Una vez de vuelta a casa, no obstante, empezará otro viaje, el de la escritura:

"Ha acabado consigo mismo cada vez que escribe la primera palabra y cuando ha formado la primera frase, ya no se conoce. Pienso que todo esto le honra..."

¿Desandando el camino?


2. La escritura de Walser

Si hay algo que llama la atención en las obras de Robert Walser, es sin duda la aparente falta de ambición, la ausencia de un argumento sólido, el rechazo (casi una huida) de la trascendencia y de la solemnidad. Sin todos estos elementos, se hace evidente que lo único que realmente interesaba a Walser era el mero ejercicio de la escritura. En palabras de Roberto Calasso:

"El texto tiene una vida autónoma que su autor no conoce: de eso, por los menos, Walser no ha dudado jamás. Pocos autores han conseguido borrarse con tanta perfección, encapsulados en sus propias palabras, dichosos de la propia invisibilidad; pocos autores han estado tan seguros de la autosuficiencia de la escritura..."

De una forma similar, los héroes de sus novelas muestran una atracción consciente y decidida por la servidumbre, quieren fundirse, desvanecerse, despojarse de su conciencia. Este sometimiento es en realidad un acto de libertad absoluta, por un lado porque están negando al otro el poder de someterlos; por otro, porque sacrificando su conciencia pueden tener alguna oportunidad de preservarla.

Si hacemos caso a lo que sabemos de Robert Walser, es evidente que su estado psíquico le hacía sufrir unos enormes altibajos anímicos. Su hipersensibilidad era capaz de llevarlo de una absoluta felicidad a la más honda depresión. Quizás la única forma de superar esta esclavitud era crear otra, parcial, controlada. Tal vez por este motivo Walser acabó conformándose con su encierro, porque la cadencia anestesiante del manicomio, las rutinas, las horas empleadas en labores de autómata le permitían disfrutar de un equilibrio que de otra forma no hubiera sido posible.

Como señala Claudio Magris en su estudio sobre Walser, "el Lied que resuena en El Paseo es la imposibilidad de vivir a causa de la enervante intensidad de la vida". Ante una realidad tan terriblemente abrumadora, es ridículo intentar superarla con la literatura o siquiera analizarla. Lo único que podemos hacer es callar o arrepentirnos de haber hablado:

"Tan pronto como pone su mano en la pluma, se apodera de él una actitud temeraria. Tiene la sensación de que todo está perdido; prorrumpe en un alud de palabras en el que cada frase tiene la única misión de hacer olvidar la anterior"

Esta sería la explicación, según Walter Benjamín, para entender las continuas rectificaciones e incluso reprimendas metaliterarias que inundan el relato, con la única excepción del interludio extático al que hacíamos referencia en el apartado anterior. Estos son algunos ejemplos:

"He de prohibirme del modo más estricto detenerme aunque no sean más de dos segundos con esta brasileña o lo que fuere; porque no puedo desperdiciar ni espacio ni tiempo"

"Por lo demás, se ruega humildemente al autor guardarse de burlas y sarcasmos, en realidad superfluos. Se le insta a mantenerse serio, y ojalá lo haya entendido de una vez por todas"

"Si alguien dice aún que soy un hombre desconsiderado, autoritario y prepotente que se lanza ciegamente contra las cosas, afirmo, es decir, me atrevo a esperar que tengo razón en afirmar, que la persona que tal dice yerra gravemente."

La humildad y la ausencia de cinismo, aunque en este caso formen parte de un juego, son también rasgos característicos de las obras de Walser. El deseo de no sobresalir, de vivir con moderación, de disfrutar de los placeres más cotidianos de la vida, convierten algunas frases de su obra en máximas de un moderno epicureismo: "Quien no sepa renunciar no llegará a ningún placer profundo", encontramos en el relato Un trocito de azúcar. No obstante, y pese al apabullante vitalismo de El paseo, se manifiesta en ciertos fragmentos una leve amargura, una sombra de decepción. Hay que tener en cuenta que el relato fue escrito ya de vuelta en Biel, cuando comenzaba a hacerse patente su escaso éxito editorial.

Por último, y aunque es fácilmente deducible de lo comentado con anterioridad, es evidente que Robert Walser fue uno de los primeros y, según Mark Harman, más radicales practicantes de la stream of conciousness. De hecho, El paseo fue publicada en 1917, tan sólo un año antes de que Little Review comenzará a publicar las entregas del Ulises de Joyce, una de las obras paradigmáticas en cuanto al uso de la técnica del monólogo interior. En cuanto a Walser, uno de los más hilarantes ejemplos es el monólogo acerca del cartel de la hospedería con la que se cruza en el camino y que le inspira una larga reflexión acerca del más que probable esnobismo de sus dueños ("La gente que no es más que sencilla no nos es adecuada (...) La perspicacia que tenemos al respecto linda con la hechicería"). El final, por cierto, es totalmente walseriano:

"Quizás dos o tres lectores pongan un tanto en duda la veracidad de este cartel, diciéndose que no se puede creer una cosa así. Quizá se hayan dado repeticiones aquí y allá..."


3. Un escritor para escritores

Franz Kafka, Robert Musil, Herman Hesse, Thomas Mann, Walter Benjamín, Max Brod, Elias Canetti, Giorgio Agamben, Claudio Magris, Susan Sontag y Roberto Calasso. Estos son los nombres que aparecen en las contraportadas de las obras de Robert Walser. "Con unos lectores de esta altura", podríamos pensar, "Walser debe ser un escritor extraordinariamente reconocido". Sin embargo, no es así. La presencia de estos nombres deja patente que, ante el lector común, Walser aún necesita padrinos, el aval de un puñado de grandes nombres.

El mismo Walser, en uno de sus paseos con Carl Seelig, confiesa que su falta de instinto social, su empeño por actuar de espaldas a la sociedad, fueron los causantes de su fracaso editorial: "tenía condiciones para convertirme en una especie de vagabundo, y apenas me resistí a ello"

Trató durante años de vivir de la escritura, pero sólo lo consiguió durante breves períodos de tiempo, en especial a lo largo de su estancia en Berlín, donde escribió sus tres obras más conocidas: Los hermanos Tanner (1907), El ayudante (1908) y Jakob von Gunten (1909), así como gran cantidad de relatos, poemas y artículos periodísticos. En 1913, sin embargo, las dificultades económicas le obligaron a regresar a Suiza, desde donde siguió intentando que sus trabajos fueran publicados. Entre multitud de negativas, aparecen editados El paseo (1917) y La rosa (1925). El siguiente fragmento, extraído de El paseo, sirve para entender la difícil situación que atravesaba Walser en esos años:

"He escrito libros que por desgracia no han gustado al público, y las consecuencias de ellos son angustiosas. (...) El vivo interés por las bellas letras se da de manera en extremo escasa, y la crítica implacable que todo el mundo cree poder ejercer y cultivar sobre nuestra obra constituye otra fuerte causa de daño y frena como una zapata la realización de cualquier modesto bienestar."

Finalmente, en 1928, recibe una carta del suplemento literario Berliner Tageblatt en la que le recomiendan no producir nada durante un semestre. Parece que este fue el desencadenante de una grave crisis que obligó a sus caseras de aquel entonces a alertar a su hermana. A punto de cruzar la puerta del sanatorio de Waldau, le pregunto: "¿Estaremos haciendo lo correcto?", a lo que ella respondió con un elocuente silencio. Seguramente la actitud de su hermana, así como los antecedentes familiares de trastornos nerviosos acabaron de convencer a Walser de lo adecuado de su internamiento, una decisión que no debe confundirse, como a menudo ocurre, con un internamiento voluntario. Quizás una de las que mejor hayan entendido la actitud de Walser sea Elfriede Jelinek:

"Robert Walser asumió el hecho de ser perdedor con un placer eufórico pues era tan inteligente como para saber que en la vida sólo se puede ser perdedor. Un debe soltar inmediatamente todo lo que tiene, no aferrarse a nada. Pero no quiero dar una imagen romántica de él, porque pasó treinta años recluido por la fuerza en un manicomio, algo terrible para un hombre con esa apertura al mundo, autor de delicado y magníficos poemas. Lo encerraron y dejó de hablar."

El día de Navidad de 1956, durante un solitario paseo, el cuerpo de Walser cayó sobre la nieve. A mí no me parece una muerte tan triste.

- - - - - - - - - -

"¿Para qué recogía entonces las flores? "¿Recogía flores para depositarlas sobre mi desdicha?", me pregunté, y el ramo cayo de mis manos. Me había levantado para irme a casa; porque ya era tarde, y todo estaba oscuro."

[Últimas páginas]

martes, diciembre 20, 2005

Confesión

A veces, cuando afirmo que yo no soy 'esa clase de persona', lo que en realidad estoy diciendo es que a partir de ese momento voy a vigilarme de cerca para asegurarme de que no lo soy. O, como mínimo, para que tú jamás me pilles desprevenida.

lunes, diciembre 19, 2005

I wish I had a river


River - Joni Mitchell


River

It’s coming on christmas
They’re cutting down trees
They’re putting up reindeer
And singing songs of joy and peace
Oh I wish I had a river
I could skate away on
But it don’t snow here
It stays pretty green
I’m going to make a lot of money
Then I’m going to quit this crazy scene
I wish I had a river
I could skate away on
I wish I had a river so long
I would teach my feet to fly
Oh I wish I had a river
I could skate away on
I made my baby cry

He tried hard to help me
You know, he put me at ease
And he loved me so naughty
Made me weak in the knees
Oh I wish I had a river
I could skate away on
I’m so hard to handle
I’m selfish and I’m sad
Now I’ve gone and lost the best baby
That I ever had
Oh I wish I had a river
I could skate away on
I wish I had a river so long
I would teach my feet to fly
Oh I wish I had a river
I could skate away on
I made my baby say goodbye

It’s coming on christmas
They’re cutting down trees
They’re putting up reindeer
And singing songs of joy and peace
I wish I had a river
I could skate away on

domingo, diciembre 18, 2005

Cortar por lo sano

"¿Qué es asaltar un banco comparado con fundarlo?"
Bertolt Brecht


Me he encontrado esta cita por casualidad en un manual de ciencia política y no tengo la más mínima intención de averiguar el contexto en el que estaba siendo utilizada. A mí, que siempre me voy por las ramas, me ha hecho pensar en la decisión de declarar desierto el primer premio Tusquets de narrativa. Se habían presentado casi 800 obras, pero el jurado, paladín de la excelencia literaria, se creyó en el deber de declarar que ninguna de ellas presentaba "méritos excepcionales".

Ah, esto sí que es un jurado y no lo del Planeta. Estos reconocen una mala novela a la legua. Nada puede hacer aquí la Mª de la Pau Janer de turno, ningún farsante logrará infiltrarse en el podio de las glorias literarias españolas. No, señores. Porque el jurado de Tusquets "ha tenido la libertad de expresar sus valoraciones sobre las novelas leídas con absoluta independencia de los intereses de la editorial y de cualquier otra consideración ajena a la literatura" y su radar para detectar el bluff literario ha funcionado con absoluta eficacia.

Ahora bien, yo creía que la finalidad de un premio literario era justamente la contraria. No pensaba que la función del jurado fuera certificar la mediocridad de las creaciones contemporáneas -que para eso al fin y al cabo ya nos bastamos nosotros solos- sino detectar en ese marasmo el milagro que todos estamos esperando.

Es muy sencillo y muy cómodo posicionarse destruyendo, por pasiva. Queda muy bien, en una discusión sobre libros, decir que nosotros sólo leemos literatura 'de calidad', es decir, literatura que nos llega ya legitimada y que no exige ningún esfuerzo crítico por nuestra parte. Es muy transgresor, en un debate sobre la televisión, salirnos por la tangente y declarar con tono altivo que nosotros hace años que prescindimos de tener un televisor en casa. Es muy fácil, como decía Bertolt Brecht, robar el banco, sí. Lo verdaderamente valioso es fundarlo, crear.

Por eso creo que para alinearse frente a la farsa del Planeta, del que por otro lado, tampoco esperamos nada, lo realmente arriesgado hubiera sido premiar una obra realmente -repito: realmente- buena, y no, como ha ocurrido, declarar el premio desierto.

"La aparición de una buena novela es fortuita", dicen, "No depende del ciclo de premios ni puede ser fruto de la cantidad de manuscritos presentados". Me cuesta creer que ese accidente de la naturaleza no estuviera presente en ninguna de las 795 obras. ¿O es que buscaban algo más? Tal vez no querían una obra excelente de un autor desconocido al que honrar con el prestigio de su premio, sino una obra pasable de un autor reconocido que honrara al premio con su prestigio. Quizás esperaban eso.

Pues que esperen. Que esperen.

- - - - -

P.S. Como parece que la convocatoria del premio ha pillado algo despistados a nuestros escritores oficiales, me permito la cortesía de aportar mi granito de arena a la difusión del siguiente mensaje: "El jurado confía en que ahora mismo alguien se encuentre escribiendo las novelas merecedoras de este premio en cualquiera de sus futuras convocatorias". Crucemos los dedos.

P.S. 2: Nada me haría más feliz que tragarme estas palabras, una por una, el año que viene por estas fechas. Que yo aprieto, pero no ahogo.

domingo, diciembre 11, 2005

A Change Is Gonna Come

Después del descubrimiento que acabo de hacer (véase CastPost), este post merecía un bis.


Leela James - A change Is Gonna Come

viernes, diciembre 09, 2005

Yo, según la RAE

yo.

(Del lat. eo, de ego).

[4]. m. Psicol. Parte consciente del individuo, mediante la cual cada persona se hace cargo de su propia identidad y de sus relaciones con el medio.
Menuda responsabilidad.

Estereotipos

Últimamente, mi queridísima amiga T. me ha hecho notar, con una conmovedora mezcla de chanza y benevolencia, que mi ardoroso apego a la Verdad es, cuando menos, pueril. Y es que nadie me puede hacer sombra en mi afán por constatar, comprobar, medir, verificar... Necesito confirmar mis sospechas: tras una fachada más o menos interesante –depende de la habilidad de cada individuo- todas las personas son como yo. O son completamente diferentes a mí. En realidad cualquiera de las dos opciones serviría para confirmar mi tesis.

Vistas a una cierta distancia (defensiva) casi todas las personas muestran una superficie terroríficamente lisa, sin fisuras, sin indeterminaciones. Incluso los más complejos se definen en su extravagancia. La gente se organiza: yo en este lado, tú en aquel otro; yo leo mis líneas, tú las tuyas... En definitiva, yo soy YO y tú, no, y he llegado a serlo por una serie de razones muy concretas que paseo orgulloso, arriba y abajo como un hombre-sandwich.

A mí, la verdad, esta determinación me abruma, así que necesito saber que hay de cierto en ella. Por mi parte, como acto de rebelión, he decidido no definirme. No ocultarme. El resultado de mi decisión es, por el momento, impredecible. Observo mi verdad tan de cerca, y con una perseverancia tan morbosa, que está comenzando a desdibujarse. Se trata por tanto, de un momento crítico y no me puedo permitir ni un solo titubeo.

¿Y si después de tanto investigar resultara que la farsante soy yo?

jueves, diciembre 08, 2005

Inhibición intelectual (1). Una aproximación

Me he permitido la temeridad de numerar este post porque sé que va a ser uno de mis temas recurrentes. De hecho creo que es una de las principales motivaciones que me han llevado a montar este tinglado, del que por cierto soy la única espectadora.

- i n h i b i c i ó n....i n t e l e c t u a l -

Mucha gente cree que nuestro principal enemigo a la hora de conseguir llevar a cabo nuestros deseos, nuestros sueños, es algo exterior, incombatible, pero no es así. Nuestro más peligroso enemigo, sobretodo si se es mujer, es la inhibición intelectual.

Es la fuerza que nos arrastra a lo superficial. Es la que nos hace alargar la mano y pedir, porque no nos vemos capaces de crear nada por nosotros mismos. Es la que nos hace hablar cuando no tenemos nada que decir, y callar cuando deberíamos hacernos escuchar. Es la que nos hace escoger siempre el camino más fácil, esto es, el más cómodo y la que no nos deja acabar nada de lo que nos proponemos.

'Es una definición muy libre', dirían algunos. Está bien, está bien. Quizás me he dejado llevar. Veamos que dicen los expertos (absténganse de la lectura los refractarios a la literatura psicoanalítica... y puestos a pedir, que se abstengan también los demasiado aficionados):

"La sexualización de una función conduce a una inhibición, ya sea porque el yo se esfuerza por lograr un placer sexualizado, o porque lo bloquea. En algunos casos puede ser de mucha importancia el llegar a establecer si el yo está funcionando pobremente a causa de que está procurando el logro de una gratificación sexual, en lugar de realizar su función no sexual, o porque está interrumpiendo, a causa de la angustia, la función sexualizada. Todas las funciones del yo presuponen una superación de la fase del principio de placer, en la que habían sido utilizadas al servicio de la tarea de procurar directamente placer. [...] Al ser controlada la excitación, la función controlada se transforma en parte del yo y es, con ello, desexualizada. Queda instaurada, de este modo, la función yoica del órgano, y toda regresión al uso autoerótico de éste lesiona dicha función. El artista ha sublimado su impulso de embadurnar mediante una especie de identificación con la actividad de embadurnar; el pseudo artista que todavía (o nuevamente) busca un placer sexual directo en la acción de embadurnar perjudica su capacidad artística."

Otto Fenichel
'Teoría psicoanalítica de las neurosis'
(pág. 210)

Conclusión principal (a desarrollar en futuros posts): nuestra capacidad de realización se ve seriamente afectada cuando nuestros fines están corrompidos.

Partiendo de esta premisa el siguiente paso sería definir, por un lado, las que deberían ser nuestras auténticas motivaciones, y por otro, las que acaban siéndolo finalmente.

Reflexión periférica: todo este párrafo me ha hecho pensar mucho en una frase que he leído hoy en un blog titulado 'El lamento de Portnoy'. Decía así: 'los blogs son para onanistas'. Todavía no estoy segura de entender por qué lo ha dicho él, pero estoy completamente de acuerdo con la afirmación. Por lo que he visto en mis pocas incursiones en territorio comanche, la mayoria de bloggers están ahí porque necesitan su dosis de gratificación, instantánea y efímera. Fingen que se escuchan para mantener el mecanismo en marcha, pero en realidad no aspiran a establecer una verdadera comunicación. Es el 'onanismo organizado'.

En cuanto a mí, es cierto que también se me podría considerar una onanista. En plan artesanal, eso sí. Al fin y al cabo, estoy aquí sola, convenciéndome a mí misma de mis propias opiniones con mis propios argumentos. Pensé en esto como un ejercicio, pero quizás no tenga sentido si sólo lo sé yo.

¿Debería decirle a alguien que estoy aquí?

Marionetas

primavera

verano

otoño

invierno

lunes, diciembre 05, 2005

Esto no fue 'Cuéntame'

FRANCESC-MARC ÁLVARO
La Vanguardia. 16 de noviembre de 2005

Cantábamos, siguiendo la música del himno de España, aquello de "Franco, Franco, / que tiene el culo blanco / y se va a París / y se le vuelve gris", Cantábamos sin saber qué cantábamos. De Franco sabíamos poco. Los hijos de los antifranquistas (muchos menos de los que luego se ha dicho) sabían que Franco era muy malo. Los hijos de los franquistas (bastantes más de los que luego lo han admitido) sabían que Franco era bueno como un santo. Y los hijos de la inmensa mayoría anestesiada (la gente silenciosa que yo llamo afranquistas) sabíamos que Franco simplemente era Franco, que era como saber que los Pirineos están entre Francia y España. Porque Franco era como un accidente geográfico, algo que siempre había estado allí. El día 21 de noviembre de 1975, la portada de huecograbado del ejemplar de La Vanguardia que había comprado mi padre me mostró un Franco muerto (al menos con los ojos cerrados) dentro de la caja. Aquel día supe que Franco dejaba de estar. De eso se cumplen ahora treinta años.

Dejando de lado a los que tenían las cosas claras en casa (Franco era malo o Franco era bueno), la mayoría dijo: "Pues vale". Luego dijo: "Y ahora, sobre todo, que no pase nada". Adolfo Suárez conectó perfectamente con la mayoría afranquista, pactó con los antifranquistas y les dijo a los franquistas (con la autoridad que le daba haber sido uno de ellos) que tenían dos opciones: irse tranquilamente a casa a llorar al Caudillo o comprarse un traje de demócrata a medida y meterse en los nuevos tiempos.

Recuerdo con claridad los abrigos civiles de los hombres de la Unión de Centro Democrático. Como recuerdo esa canción para pedir el voto en el referéndum sobre la reforma política, esa que decía "habla, pueblo, habla…". Como recuerdo a Suárez en la tele, y los adhesivos que repartían los partidos en la primera campaña electoral de junio de 1977, y el retorno del president Josep Tarradellas del exilio. También recuerdo la primera vez que pude ver directamente, en noviembre de 1976, como la policía repartía leña. Iba por la calle con un compañero de clase y, de pronto, vimos al personal correr delante de los grises. Teníamos nueve años.

Mis padres creían lo que decía Suárez y esperaban que no hubiera una nueva Guerra Civil. Mis maestros de la EGB no creían a Suárez y esperaban grandes cosas tras la muerte de Franco. Mis padres pensaron que aquello iba bastante bien y mis maestros se vieron aquejados, poco después, por ese síndrome que se llamó el desencanto. Yo, como era un niño, ni me encanté ni me desencanté. Miraba los payasos de la tele y el concurso Un, dos, tres, jugaba con los Madelman y tenía una camiseta del Barça con el dorsal 10, el de Sotil. En medio de los juegos y las meriendas, una palabra empezó a meterse en mi cerebro por aquellos días, un vocablo que me viene perforando sin descanso desde entonces: consenso.

Estoy seguro de que, en los cuerpos de las gentes de mi generación, hay más consenso que calcio o vitaminas. El consenso se impuso y consensuar fue el verbo estrella de los locutores de la tele de nuestra infancia. A veces, me despierto, en plena madrugada, y noto, con inquietud, que el consenso que hay en mi cuerpo sale a dar un paseo por su cuenta y me observa desde el techo y me vigila para que no haga nada fuera de lo previsto. Mi médico me ha dicho que tengo el consenso en un nivel normal y que, si me cuido y no cometo excesos, no hay peligro de accidente histórico. Con todo, cada día que pasa me produce mayores y más agudas molestias. Cuando peor me siento es cuando mezclo el consenso que circula por mi sangre con algunas dosis de fábula oficial de la transición democrática. Por ejemplo, después de volver a ver algunos capítulos de la conocida serie documental de Victoria Prego, sufrí una intensa amnesia temporal y perdí el sentido de la orientación varios días.

El mito oficial de la transición democrática permanece intocable desde que se forjó a conciencia entre 1975 y 1982. Está tan blindado que puede resistir incluso disolventes tan corrosivos como las epopeyas lujosamente publicitadas de algún juez español que quiere hacer con ciertos dictadores latinoamericanos aquello que aquí no se hizo nunca ni con Franco ni con los franquistas tras la muerte del tirano. El mito oficial de la transición democrática se ha prolongado durante treinta años y ahora es un traje que a mí - supongo que a otros también- me viene demasiado pequeño. Ese relato plano y sin memoria, que sirvió para que mis padres aterrizaran en la democracia sin tanto miedo, se ha convertido hoy en un cuento obsoleto que no tiene nada que ver con nuestro presente. Porque está hueco por dentro y porque se fabricó a partir de una premeditada y exagerada subordinación del pasado al futuro que facilitó toda suerte de imposturas. Así se igualaron opresores y oprimidos, se aceptó que se podía haber sido demócrata dentro del franquismo y, en justa correspondencia, se dio por descontado que el mero hecho de oponerse a Franco ya convertía a alguien en demócrata. Todo esto no lo muestra la amable serie televisiva Cuéntame; rompería el hechizo colectivo si se atreviera a hacerlo.

De hecho, la transición democrática fue una gigantesca impostura. La de los héroes de una oposición incapaz de evitar que Franco se muriera en la cama y la de los ex franquistas que deseaban seguir teniendo vida después del régimen. Esta fábula oficial tiene una moraleja según la cual nos reconciliamos a través de la Constitución de 1978. Es pensamiento mágico creer que la reconciliación pueda venir automáticamente por la redacción de unas nuevas reglas de juego. Lo cierto es que nadie asumió responsabilidades de ningún tipo, ni nadie pidió perdón por nada, ni tan sólo hubo nada parecido a una Comisión de la Verdad. Las biografías de los totalitarios (franquistas y antifranquistas) fueron limpiadas de basura y las víctimas de Franco fueron ignoradas, porque lo único importante era mirar al futuro. Aceptemos que todo eso sirvió en aquel momento para salir de la dictadura, pero hoy constatamos la obsolescencia de dicho libreto.

¿Podemos los que éramos niños a la muerte de Franco reescribir hoy sin censuras la historia oficial y también las historias irreverentes de la transición? Podemos y debemos, para no ser prisioneros de aquella excepcionalidad trufada de temores, amenazas, silencios, tutelas, chantajes, ignorancias y tristezas. No podemos estar pensando eternamente en las antiguas violencias para seguir reeditando una ficción cada vez más amarillenta. Una ciudadanía madura no puede vivir del mito precario prestado por los viejos políticos que guiaron a nuestros padres. Los líderes de antaño se van jubilando, aunque Alfonso Guerra, por ejemplo, cual reliquia con prórroga, siga tratando de condicionar el futuro colectivo. Olvidemos ya las versiones fáciles. Ni la versión que explica la transición como un plan perfectamente previsto en la mente de cuatro preclaros hombres de Estado ni la que divulga la transición como fruto final de un estado insurreccional movido por la gloriosa oposición.

Nos merecemos otras palabras y otra sintaxis para contar sin trampas los trueques de la transición. Algo que sirva para revelar y no para esconder, para comprender y no para disimular. Algo que nos haga, finalmente, ciudadanos adultos.

- - - - - - - - - -

Francesc-Marc Álvaro (Vilanova i la Geltrú, 1967) es columnista de ´La Vanguardia´ y profesor de la Universitat Ramon Llull, acaba de publicar ´Els assassins de Franco´ (L´Esfera dels Llibres), ensayo sobre la transición democrática

Afinidades

Yo, realmente, no tengo problemas de autoestima. De hecho, creo que me quiero bastante. El problema es que no me caigo demasiado bien.

Lo esencial

Un viejo árabe, de apariencia miserable, caminaba mendigando por las calles de una ciudad. Nadie le prestaba la más mínima atención. Un paseante le dijo con verdadero desprecio:

- Pero ¿qué haces aquí? Ya ves que nadie repara en ti.

El pobre hombre miró tranquilo al paseante y le contestó:

- ¿Y a mí qué? Yo sí reparo en mí y eso me basta. Lo contrario sí que sería horrible: que todos repararan en mí y que yo me ignorase.

* Recogido por Jean-Claude Carrière
en 'El círculo de los mentirosos'

You can't fake soul

Yo adoro la música. Sin embargo, de forma periódica, caigo en largas crisis en las que ningún disco consigue emocionarme, en las que nada me sorprende, ni me llena, ni me seduce. Afortunadamente, siempre acaba sucediendo algo que me hace volver a la vida. Esta vez, ha sido el primer disco de Leela James, 'A change is gonna come'.
Entre cientos de farsantes que creen que el r&b consiste en hacer un determinado tipo de gorgorito o en mover las caderas así o asá, de vez en cuando aparece alguien que le devuelve la dignidad, que es consciente del valor de su tradición y capaz, a su vez, de hacer algo innovador.
En ese sentido, el disco de Leela James es reivindicativo desde la primera canción, 'Music', una declaración de principios en la que deja muy claro de dónde viene (Aretha Franklin, Chaka Khan, Marvin Gaye, Donny Hathaway) y lo que piensa del camino que está siguiendo la música. De todos modos, creo que lo que hace que este disco sea verdaderamente especial es su sinceridad, su pureza, tanto en las letras -escritas por gente como Kanye West, Wyclef Jean o Raphael Saadiq- como en la poderosa voz de Leela James. Hay canciones preciosas, como 'Soul food', 'Mistreating me' o 'Prayer', un homenaje a su madre; y otras, como la versión de 'A change is gonna come' de Sam Cooke que son sencillamente sublimes. Escuchándolas, incluso una blanquita europea como yo puede llegar a entender lo que es el SOUL.

Everybody knows that Marvin's gone
Still I gotta tell you what's going on
'Music'