lunes, diciembre 05, 2005

Esto no fue 'Cuéntame'

FRANCESC-MARC ÁLVARO
La Vanguardia. 16 de noviembre de 2005

Cantábamos, siguiendo la música del himno de España, aquello de "Franco, Franco, / que tiene el culo blanco / y se va a París / y se le vuelve gris", Cantábamos sin saber qué cantábamos. De Franco sabíamos poco. Los hijos de los antifranquistas (muchos menos de los que luego se ha dicho) sabían que Franco era muy malo. Los hijos de los franquistas (bastantes más de los que luego lo han admitido) sabían que Franco era bueno como un santo. Y los hijos de la inmensa mayoría anestesiada (la gente silenciosa que yo llamo afranquistas) sabíamos que Franco simplemente era Franco, que era como saber que los Pirineos están entre Francia y España. Porque Franco era como un accidente geográfico, algo que siempre había estado allí. El día 21 de noviembre de 1975, la portada de huecograbado del ejemplar de La Vanguardia que había comprado mi padre me mostró un Franco muerto (al menos con los ojos cerrados) dentro de la caja. Aquel día supe que Franco dejaba de estar. De eso se cumplen ahora treinta años.

Dejando de lado a los que tenían las cosas claras en casa (Franco era malo o Franco era bueno), la mayoría dijo: "Pues vale". Luego dijo: "Y ahora, sobre todo, que no pase nada". Adolfo Suárez conectó perfectamente con la mayoría afranquista, pactó con los antifranquistas y les dijo a los franquistas (con la autoridad que le daba haber sido uno de ellos) que tenían dos opciones: irse tranquilamente a casa a llorar al Caudillo o comprarse un traje de demócrata a medida y meterse en los nuevos tiempos.

Recuerdo con claridad los abrigos civiles de los hombres de la Unión de Centro Democrático. Como recuerdo esa canción para pedir el voto en el referéndum sobre la reforma política, esa que decía "habla, pueblo, habla…". Como recuerdo a Suárez en la tele, y los adhesivos que repartían los partidos en la primera campaña electoral de junio de 1977, y el retorno del president Josep Tarradellas del exilio. También recuerdo la primera vez que pude ver directamente, en noviembre de 1976, como la policía repartía leña. Iba por la calle con un compañero de clase y, de pronto, vimos al personal correr delante de los grises. Teníamos nueve años.

Mis padres creían lo que decía Suárez y esperaban que no hubiera una nueva Guerra Civil. Mis maestros de la EGB no creían a Suárez y esperaban grandes cosas tras la muerte de Franco. Mis padres pensaron que aquello iba bastante bien y mis maestros se vieron aquejados, poco después, por ese síndrome que se llamó el desencanto. Yo, como era un niño, ni me encanté ni me desencanté. Miraba los payasos de la tele y el concurso Un, dos, tres, jugaba con los Madelman y tenía una camiseta del Barça con el dorsal 10, el de Sotil. En medio de los juegos y las meriendas, una palabra empezó a meterse en mi cerebro por aquellos días, un vocablo que me viene perforando sin descanso desde entonces: consenso.

Estoy seguro de que, en los cuerpos de las gentes de mi generación, hay más consenso que calcio o vitaminas. El consenso se impuso y consensuar fue el verbo estrella de los locutores de la tele de nuestra infancia. A veces, me despierto, en plena madrugada, y noto, con inquietud, que el consenso que hay en mi cuerpo sale a dar un paseo por su cuenta y me observa desde el techo y me vigila para que no haga nada fuera de lo previsto. Mi médico me ha dicho que tengo el consenso en un nivel normal y que, si me cuido y no cometo excesos, no hay peligro de accidente histórico. Con todo, cada día que pasa me produce mayores y más agudas molestias. Cuando peor me siento es cuando mezclo el consenso que circula por mi sangre con algunas dosis de fábula oficial de la transición democrática. Por ejemplo, después de volver a ver algunos capítulos de la conocida serie documental de Victoria Prego, sufrí una intensa amnesia temporal y perdí el sentido de la orientación varios días.

El mito oficial de la transición democrática permanece intocable desde que se forjó a conciencia entre 1975 y 1982. Está tan blindado que puede resistir incluso disolventes tan corrosivos como las epopeyas lujosamente publicitadas de algún juez español que quiere hacer con ciertos dictadores latinoamericanos aquello que aquí no se hizo nunca ni con Franco ni con los franquistas tras la muerte del tirano. El mito oficial de la transición democrática se ha prolongado durante treinta años y ahora es un traje que a mí - supongo que a otros también- me viene demasiado pequeño. Ese relato plano y sin memoria, que sirvió para que mis padres aterrizaran en la democracia sin tanto miedo, se ha convertido hoy en un cuento obsoleto que no tiene nada que ver con nuestro presente. Porque está hueco por dentro y porque se fabricó a partir de una premeditada y exagerada subordinación del pasado al futuro que facilitó toda suerte de imposturas. Así se igualaron opresores y oprimidos, se aceptó que se podía haber sido demócrata dentro del franquismo y, en justa correspondencia, se dio por descontado que el mero hecho de oponerse a Franco ya convertía a alguien en demócrata. Todo esto no lo muestra la amable serie televisiva Cuéntame; rompería el hechizo colectivo si se atreviera a hacerlo.

De hecho, la transición democrática fue una gigantesca impostura. La de los héroes de una oposición incapaz de evitar que Franco se muriera en la cama y la de los ex franquistas que deseaban seguir teniendo vida después del régimen. Esta fábula oficial tiene una moraleja según la cual nos reconciliamos a través de la Constitución de 1978. Es pensamiento mágico creer que la reconciliación pueda venir automáticamente por la redacción de unas nuevas reglas de juego. Lo cierto es que nadie asumió responsabilidades de ningún tipo, ni nadie pidió perdón por nada, ni tan sólo hubo nada parecido a una Comisión de la Verdad. Las biografías de los totalitarios (franquistas y antifranquistas) fueron limpiadas de basura y las víctimas de Franco fueron ignoradas, porque lo único importante era mirar al futuro. Aceptemos que todo eso sirvió en aquel momento para salir de la dictadura, pero hoy constatamos la obsolescencia de dicho libreto.

¿Podemos los que éramos niños a la muerte de Franco reescribir hoy sin censuras la historia oficial y también las historias irreverentes de la transición? Podemos y debemos, para no ser prisioneros de aquella excepcionalidad trufada de temores, amenazas, silencios, tutelas, chantajes, ignorancias y tristezas. No podemos estar pensando eternamente en las antiguas violencias para seguir reeditando una ficción cada vez más amarillenta. Una ciudadanía madura no puede vivir del mito precario prestado por los viejos políticos que guiaron a nuestros padres. Los líderes de antaño se van jubilando, aunque Alfonso Guerra, por ejemplo, cual reliquia con prórroga, siga tratando de condicionar el futuro colectivo. Olvidemos ya las versiones fáciles. Ni la versión que explica la transición como un plan perfectamente previsto en la mente de cuatro preclaros hombres de Estado ni la que divulga la transición como fruto final de un estado insurreccional movido por la gloriosa oposición.

Nos merecemos otras palabras y otra sintaxis para contar sin trampas los trueques de la transición. Algo que sirva para revelar y no para esconder, para comprender y no para disimular. Algo que nos haga, finalmente, ciudadanos adultos.

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Francesc-Marc Álvaro (Vilanova i la Geltrú, 1967) es columnista de ´La Vanguardia´ y profesor de la Universitat Ramon Llull, acaba de publicar ´Els assassins de Franco´ (L´Esfera dels Llibres), ensayo sobre la transición democrática