domingo, febrero 19, 2006

Esta pared de hielo, de José María Guelbenzu

Esta pared de hielo
José María Guelbenzu
Alfaguara, 2005

Julián Bo ha muerto. Con discreción y sin demasiados aspavientos, como corresponde a un “proyecto perfecto de ciudadano anónimo”. Su propia desidia y la inercia de una país castrado intelectualmente convirtieron su vida en una mera antesala. Ahora, en la orilla, sentado junto a Caronte, espera que lo lleven —que lo lleven, una vez más— al otro lado, el último lado. “Alguien tenía que haber venido a rescatarme, a darme aviso, una oportunidad...”. Lo hicieron, Julián, lo hicieron. Aquel maletín lleno de billetes que te envió el mismísimo diablo (Leonardo, un demonio elegante, seductor, a la manera del Voland de El Maestro y Margarita) era la sacudida que estabas esperando. Hiciste lo que debías con él, pero no lo llevaste hasta sus últimas consecuencias. Te quedaste ahí encogido, confiando en que aún te quedaba tiempo para despertar. Y pasaron veinte años. Y pasó la infancia de un hijo con el que nunca supiste hablar, y pasaron también una amante, y la cima del Mont Blanc, y tus poemas sin publicar. ¿Por qué no le explicaste a tu viuda los motivos que te llevaron a deshacerte de esos millones? Tal vez te hubiera perdonado. Pero tenías alma de mártir. Y aunque los demás, en mitad del camino, queramos ver en ti lo que podrías haber sido, no dejaste tras de ti más que un recuerdo anodino. Qué típico de nosotros, los católicos, buscar a alguien a quien culpar. Tú te quejas por haber muerto antes de empezar a vivir... Y Guelbenzu se queja de los críticos de este país. Me pregunto si realmente tiene motivos. En primer lugar porque no he leído más que críticas elogiosas y en segundo, porque este libro me ha parecido lleno de falsas promesas. No he encontrado en Julián la grandeza que se anunciaba, ni esas críticas despiadadas a la intelectualidad española, ni ese humor corrosivo lleno de verdades. Nunca abandona la obviedad: los buenos son los de siempre, y los malos, también. El humor no es tal, sino más bien una especie de ironía lastimera y autoindulgente; el lenguaje me ha parecido impostado cuando no debía serlo; Caronte recuerda a todas las almas que ha cruzado en su barca o las olvida según la página, y a partir de la mitad del libro, la trama se deshincha irremediablemente. Y no lo entiendo, porque llevo unos meses leyendo las reseñas de Guelbenzu con especial atención, y aunque sus continuas evasivas a asumir su responsabilidad como crítico deberían haberme hecho sospechar, nada me hizo temer esta decepción. De hecho, las primeras páginas del libro me llenaron de expectativas. No sé si será ese el motivo de mi desencanto, pero no se puede confiar todo un libro a la trascendencia de su tema. Al fin y al cabo, a las puertas de la muerte, todos somos sabios. O eso dicen. Me quedo sin embargo con este fragmento. Porque fue uno de los pocos que me sorprendió y porque, no tiene sentido negarlo, yo también odio a los que dan de comer a las palomas:

“Los veía viejos aunque no lo fueran, veía sus almas y sus conciencias como veía a las viejas y a los viejos de las palomas en el parque público de mi barrio. ¿Los ha visto usted alguna vez, a esos viejos? Han tenido que pasar por aquí, sin duda. Esas viejas y esos viejos que guardan el pan de la noche, lo trituran al levantarse por la mañana, lo meten en una bolsa de plástico arrugada y sucia que tienen guardada para el caso, porque son tacaños, se echan a la calle poco después de que la gente haya salido para el trabajo y se acercan al parque más próximo a diseminarlo en migajas. Yo los he visto caminar esparciendo las migas de pan duro como los sembradores, metiendo la mano en la bolsa y moviendo el brazo de atrás adelante, satisfechos de sí mismos, de la exhibición de su bondad y del reconocimiento inmediato de las palomas que acuden en bandada tras su rastro, alimentando esas ratas del aire cada mañana de su mezquina existencia porque necesitan ocultar a la vez su miseria moral y el daño inflingido a los seres humanos que han tenido la desgracia de convivir con ellos, de cruzar sus vidas por azar o por obligación. ¿Cuántos amores, infancias o deseos de otros no habrán contrariado o truncado? ¿A cuántos desgraciados no habrán perseguido y difamado con sus lenguas de víbora? ¿Cuánto tendrán que hacerse perdonar para verse empujados a exhibir cada mañana su bondad hacia las palomas? ¿Qué pecados no ocultará un alma que alimenta a una plaga?

[Últimas páginas]

10 Comments:

  • No he leído este libro ni ningún otro de Guelbenzu, así que no puedo opinar.
    Pero tu texto, y sobre todo el principio (hasta “Y Guelbenzu se queja...”), me parece muy bueno, Danae, muy bien escrito y muy claro.

    Un beso (¿ves?, ya escribo un poco más).

    By Blogger Portorosa, at 20/2/06 11:18  

  • ¡Qué rabia da que un libro te cree expectativas para luego decepcionarte! ¡Qué rabia! No conozco a este autor, para variar, pero me ha encantado tu crítica (si es que es posible que te guste la crítica de algo que no conoces; supongo que sí).
    Y a mí, lo siento, pero me encanta la gente que le da de comer a las palomas, ese animal urbano constantemente ultrajado. Aunque me dan asco. Algo feo que me gusta ver.

    By Blogger vilipendia, at 20/2/06 11:50  

  • Siempre está mejor escrito lo que sale sin forzar.

    By Blogger Danae, at 20/2/06 14:14  

  • Tal vez intente leer algún otro de sus libros en otro momento. No sé.

    Y las palomas... tal vez no debería decir esto, porque sé que estoy rodeada, pero tengo, en general, un problema con los animales. No hay feedback (risas).

    Gracias a los dos por vuestros comentarios.

    By Blogger Danae, at 20/2/06 14:18  

  • Danae, este es el único libro que no he leído de Guelbenzu. Creo que te dije que es un escritor que me gusta mucho, y agradezco esta crítica que haces que, por cierto, está excelentemente escrita. Yo, ya que sale el tema, quisiera recomendar con fervor El mercurio y el primer capítulo de El río de la luna (Alfaguara). Pero sobre todo El mercurio, que está en Cátedra. El capítulo que recomiendo lo hago por el final que tiene: uno de los mejores que he leído nunca. Besos mil.

    By Blogger innes, at 21/2/06 00:30  

  • Sí, Innes, recuerdo que me dijiste que te gustaba, pero no me acordaba del cuánto. No tenía presente que habías leído todos sus libros. Gracias por la recomendación, pensaba en El mercurio cuando dije eso de volver a intentarlo. Aunque seguramente deberá/deberé esperar hasta junio (el engranaje se ha puesto de nuevo en movimiento).

    Tal vez ese es otro de esos casos en los que he asociado demasiado el libro a su autor, no lo sé, realmente, pero me pareció un libro gris... Me gustará saber qué opinas tú.

    Un beso, Innes.

    By Blogger Danae, at 21/2/06 21:22  

  • Danae, lo que has escrito aquí es (resulta complicado decirlo sin que parezca un menosprecio al resto) un salto acojonante. Da la impresión de que has encontrado de repente una manera, eso que los críticos cursis llaman una voz. me ha gustado mucho, mucho.

    By Blogger Ignacio, at 24/2/06 13:29  

  • Mis silenciosas y diarias visitas a tu blog, Ignacio, me han creado una opinión de ti que no puede menos que dejarme muda ante tu comentario.

    Y esta es la respuesta más articulada que soy capaz de dar ante un halago.

    Muchas gracias.

    By Blogger Danae, at 24/2/06 14:00  

  • Hola, hace unos años leí fervorosamente a Guelbenzu. Os recomiendo La noche en casa o el Pasajero de Ultramar.

    By Anonymous Anónimo, at 17/10/06 23:44  

  • Perdone que escriba algo aqui. LLegué a esta página empujado por los vientos de Google, siguiendo el rastro de Cortazar. Y no he podido resistir la tentación de comentar el fragmento que Danae extrae de la novela de Guelbenzu.

    No entiendo por qué es necesariamente repulsiva la persona que da de comer a las palomas. ¿Diría el autor lo mismo de las personas que dan de comer a los perros o a los gatos? No he leído nada de Guelbenzu, pero me temo que es un mal escritor. Y lo es porque ningún buen escritor condena en abstracto, a priori, a toda una clase (en este caso la clase de las personas que dan de comer a las palomas). Un error asi desacredita gravemente. Es algo que te enseñan en cualquier taller de escritura. Las generalizaciones en literatura son peligrosisimas, porque contaminan de irrealidad lo que tocan.

    Manu

    By Anonymous Anónimo, at 13/9/07 00:31  

Publicar un comentario

<< Home