lunes, mayo 29, 2006

Diane Arbus, de Patricia Bosworth

Diane Arbus
Patricia Bosworth
Lumen, 2006

Tal vez el mayor reconocimiento que recibió en vida Diane Arbus fuera en 1967, cuando el MOMA incluyó buena parte de sus fotografías más conocidas en la exposición colectiva New Documents, junto a las de Lee Friedlander y Garry Winogrand. Cuenta Patricia Bosworth, la autora de su biografía, que durante las primeras semanas Arbus acudía allí a diario, deseosa de descubrir cuál era la reacción de la gente frente a sus fotografías. Algunos, los menos, se quedaban maravillados ante el desfile de seres extraordinarios que recorría la sala, pero la mayor parte de comentarios se movían entre una violenta repulsión y el más fanático de los rechazos. Cuarenta años después, quizás con menor vehemencia, esos siguen siendo los sentimientos que despierta su obra, como habrán podido comprobar los que se acercaron a visitar en Barcelona la impresionante y antológica Revelations.

La diferencia hoy es que los que nos enfrentamos a sus retratos —y el uso de enfrentar no es anecdótico—, portamos en nuestra imaginería colectiva cientos de fotografías que surgieron de la poderosa influencia de su mirada. Porque Arbus fue sin duda una artista seminal. Algunos otros se habían atrevido antes que ella a aventurarse en los bajos fondos y en la rareza cotidiana, y, ciertamente, no fue la primera en utilizar de esa forma tan particular el flash —en espacios exteriores y a plena luz del día— o el enfoque cuadrado, dos elementos tan característicos en sus fotografías; pero su obra sirvió para encauzar y dar forma a toda una corriente anterior representada por Walker Evans, Lisette Model, Robert Frank o Brassaï, y dotarla de una sensibilidad acorde con esa nueva época, desmitificada y algo decadente, que nació a finales de los sesenta.

Sin embargo, y en contra de lo que afirmaba Susan Sontag, la avalancha de estímulos que nos ha proporcionado un arte moderno “consagrado a disminuir la escala de lo terrible” no ha logrado inmunizarnos en modo alguno frente a la obra de Diane Arbus. Tal vez porque, pese a que el ensayo que escribió acerca de su obra (Sobre la fotografía, Alfaguara, 2005) es terriblemente brillante y certero, Sontag descuidó —o malinterpretó— la importancia de una cualidad capital en su obra: la sinceridad. Ese, y no la compasión, o el adoctrinamiento moral e ideológico que presumiblemente echaba de menos Sontag, fue el único compromiso al que accedió Arbus, y el único, de hecho, que realmente se le puede exigir a cualquier artista.

Una vez dijo que realmente creía que había cosas que no existían si no las fotografiaba, y gracias a ella pudimos acceder a todo un mundo que quizás de otro modo nos hubiera sido vedado. Su cámara enfocaba con el mismo anhelo a enanos, freaks, excéntricos, nudistas, tragadores de sables, travestidos, bailarinas de strip-tease, trillizos, gemelos, niños jugando a ser mayores, una respetable familia de clase media, la soberbia dama paseando por la Quinta Avenida, el ocaso de una diva de Hollywood o la última y efímera celebridad surgida de la factoría Warhol. La mirada de Arbus los iguala a la vez que los dota de una singularidad apabullante. Todos, tanto los que habían nacido convertidos ya en monstruos —los “aristócratas”, como los llamaba ella— como los más convencionales, se muestran ante nosotros como criaturas extrañas, conmovedoramente grotescas. Las fotografías de Arbus no se limitan a dejar constancia, sino que de alguna forma revelan la imagen verdadera que se oculta tras el decorado. Incluso cuando se empeñaba en conseguir una pose extravagante o impostada —y su biografía está llena de situaciones así, en las que mostraba un coraje y una obstinación desconcertantes— el resultado no es una burda deformación de la realidad, sino algo que, paradójicamente, la refleja con mayor fidelidad. La imagen final, la fotografía, era para ella como un trofeo por haberse atrevido a cruzar esos límites; una sensación de peligro, a menudo real, que la hacía sentirse viva y que persiguió con avidez a lo largo de toda su carrera.

Sin embargo, su obra ha sido ha menudo banalizada y Diane Arbus es recordada por muchos como una simple fotógrafa de freaks, morbosa y efectista, por lo que desde hace algunos años, su hija mayor, Doon Arbus, ejerce un férreo control sobre la reproducción de sus diarios y fotografías. De ahí que no se permitiera a CaixaForum editar un catálogo propio de la exposición y que en su biografía, en la que sus hijas declinaron participar —“Su obra se explica a sí misma”, le dijeron a la autora— no se incluya ninguna de sus fotografías.

Pese a ello, Patricia Bosworth, que había trabajado años atrás como modelo para el estudio de los Arbus, ha sabido crear un relato riquísimo en detalles —entrevistó a más de doscientas personas, entre familiares, amigos, antiguos profesores y fotógrafos—, alejado de maniqueísmos y simplificaciones. Tal vez el texto pudiera estar escrito con mayor habilidad, pero, a día de hoy, constituye sin duda alguna el mejor acercamiento a la vida de Diane Arbus, convirtiéndonos en testigos de una infancia sobreprotegida y tediosa, de la intensa relación con su hermano, el poeta Howard Nemerov, de su etapa como fotógrafa de modas junto a su marido, y de la forma trágica con la que vivió —como tantas otras mujeres de su época— su decisión de abandonar el rol de esposa y madre para dar sus primeros pasos hacia una carrera propia.

Pero aunque su inteligencia prodigiosa, su talento y su magnetismo le valieron el apoyo de los que la rodeaban, incluido alguno de sus fotógrafos más admirados, nunca consiguió superar sus inseguridades y un cierto sentimiento de culpabilidad. Buscó siempre el amparo de una figura paternal —su hermano, Allan Arbus, Marvin Israel después— a cuyo juicio sometía cada una de sus decisiones, y sólo tras la cámara se atrevía a desplegar una fuerza y una valentía que contrastaban con el aspecto infantil y desvalido que mostraba a los demás. Su vida osciló siempre entre una honda depresión y la “necesidad de vivir en un constante estado de euforia”, en palabras de su primera mentora, Lisette Model; tras el que recaía en un abatimiento aún más profundo que acabó empujándola al suicidio en 1971.

Diane Arbus creció en plena Depresión como una princesita judía de Central Park, confinada en un mundo ajeno a las adversidades, y pasó el resto de su vida sumida en un proceso lentamente autodestructivo que acabó convirtiéndola, por desgracia, en la “gran artista triste” que siempre había soñado ser.


tablon

Diane & David

Arbus15

Arbus embarazada

Arbus bebe

Diane & Doon

Arbus taller

Diane Rubinstein

Arbus flor

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5 Comments:

  • En otro lugar hablando de la fotografía de Diane Arbus se nombra a "Alicia a través del espejo" de Lewis Carrol y "La parada de los monstruos" de Tod Browning. Me parecen dos textos muy pertinentes. La mirada de Arbus en muchas ocasiones es como la de una Alicia que al traspasar un día el espejo se encuentra con una gran "parada de monstruos" que fotografía con la tristeza y fascinación de quien sabe que será difícil cruzar de nuevo al otro lado.

    By Anonymous La lentitud..., at 31/5/06 14:33  

  • Lentitud, me alegro mucho de verte, aunque sea en espíritu...

    La relación con Alicia me parece muy acertada, sobre todo, como dices, con la de Al otro lado del espejo, que, por otro lado, siempre me gustó más. De hecho, ella misma se veía como una especie de Alicia: ““I fell into it like Alice… The journey was vertical and dizzying like Alice’s”. Tengo que reconocer, sin embargo, que a mí esta actitud -la voracidad y la disciplina obsesiva con la que se lanzaba a la búsqueda de personajes extraños- me llena de inquietud. Las visión de sus diarios y agendas, con esas páginas repletas de listas, nombres y números de teléfono rozando la ilegibilidad, me pareció aterradora. No soy capaz de imaginarla como Alicia, como un alma cándida e ingenua, desconcertada ante las maravillas que la asaltan a cada paso. Sí creo que era ingenua, mucho más de lo que afirman sus detractores, y también creo que era sincera, pero yo la imagino más como una especie de doctor Jekyll, trabajando frenéticamente hasta altas horas de la noche, mezclando reactivos sin cesar, en busca de la fórmula que lo destruirá. Sus fotografías sí son del otro lado del espejo, pero ella, en mi opinión, no era Alicia, o como mucho, era una que ya había leído a Carroll. (Hmm, interesante, ¿cómo sería Alicia si hubiera leído a Carroll?)

    Y en cuanto a la relación con “La parada de los monstruos”, es innegable. De hecho, tiene fotografías a algunos de los actores que aparecen en la película, que, por cierto, vio decenas de veces. Pero tampoco aquí puedo estar del todo de acuerdo. Es evidente que sus fotografías de freaks son casi lo más representativo de su obra, pero a mí, junto con las de la última etapa, son las que menos me interesan. Aunque todas llevan impresa su mirada (si tengo tiempo, dedicaré un post a mostrarlo), me parecen mucho más valiosas esas en las que muestra la rareza que hay en lo convencional: en los niños, en las parejas que pasean por el parque, en un baile de gala; y a todos aquellos que no encajan en esa realidad y se convierten en su otra cara, en la cara invertida (la del otro lado del espejo).

    En fin, no estoy segura de nada de lo que he dicho, llevo meses con ella en la cabeza y me es difícil tomar distancia. Sólo sé que sus fotografías se quedan grabadas en la retina, es imposible olvidar que las hemos visto. Incluso cuando las caras se desdibujan, queda algo ahí que sigue conservando su esencia.

    Oh, vaya, perdona la perorata (la reseña debía tener una extensión de 6000 caracteres...)

    Un abrazo, Lentitud.

    P.S. Por cierto, ¿cuál es ese otro lugar? Me interesa.

    By Blogger Danae, at 31/5/06 20:54  

  • Y, por supuesto, estoy de acuerdo contigo: la relación con ambos es pertinente. Tengo la sensación de que puede parecer que defiendo lo contrario. Es sólo que me he ido por las ramas y Arbus es especialmente contradictoria.

    By Blogger Danae, at 31/5/06 20:56  

  • Tampoco me imagino a Diane como una Alicia ingenua, sino como esa otra (Diane) que habiendo leido a Carroll traspasa el espejo despojada la mirada de sorpresa, pero ya con una profunda tristeza en ella.
    Aquellas fotografías que no recogen propiamente a freaks son para mi igualmente unos componentes más de la misma otredad, la misma "parada de los monstruos". De ahí la inquietud que transmite su aparente normalidad. La mirada de Arbus era una parte más de esa perturbadora galería, quizá, porque su mirada se situaba desde el otro lado del espejo, del mismo lado que los seres que fotografiaba le miraban o la aceptaban como uno de los suyos (nuestros).

    El otro lado: la desaparecida "Revista poética". Se puede encontrar el texto en: http://librodenotas.com/almacen/Archivos/004030.html

    By Anonymous La lentitud..., at 31/5/06 23:27  

  • "Uno de los suyos (nuestros)"

    Es eso exactamente, Lentitud... Creo que después de ella, y de los que tuvieron una mirada como la suya, ya no hemos seguido viéndonos de la misma manera.

    Un saludo.

    P.S. Gracias por el enlace.

    By Blogger Danae, at 1/6/06 02:49  

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