martes, diciembre 25, 2007

La carretera, Cormac McCarthy

La carretera
Cormac McCarthy
Mondadori, 2007

Bueno, ya no les descubro nada si les digo que este libro es una maravilla, ¿verdad? Lo es por su dureza, por su sensibilidad, por su sencillez, por la forma en que nos conmueve en cada fragmento, por cómo nos lleva a comprometernos con sus personajes, con su lectura. Y porque, como todos los buenos libros de ciencia ficción (¿por qué no deberíamos ponerle esta etiqueta? ¿por qué la omiten tantos críticos? ¿qué tiene de malo?), es absolutamente inquietante. Demasiado verosímil, demasiadas imágenes reconocibles. No sé si tendría algún sentido escribir sobre un mundo que no sea, en el fondo, el nuestro, y este hace mucho que es ya demasiado viejo como para inventar algo sobre él.

Pero ese niño... ese niño, como una especie de arquetipo del héroe, de salvaguarda moral. ("Si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca") De su supervivencia depende algo importante, y aunque no estamos seguros de qué es exactamente -¿la idea de humanidad? ¿los valores "humanos"? ¿la ingenuidad, la inocencia, la bondad?-, lo importante es creer. Y no solo para querer seguir con vida un día más. No solo para no entregarse definitivamente a esos sueños reconfortantes que invitan a la muerte. No solo para no volverse loco.

Inquietante también, por cierto, la sensación constante de estar viendo una película. Tal vez sea porque el día antes había visto Soy leyenda, o tal vez sea porque esa era la intención del autor desde un principio. Al parecer a este señor se le da muy bien lo de escribir obras adaptables. O tal vez sea, y me parece más lógico, porque hay autores que no tienen ningún problema en escribir libros que parezcan películas. Lo que me parece raro es que este libro guste a gente seria, ya me entienden, gente de esa a la que no le gusta la ciencia ficción (ay, perdón, que habíamos quedado que este libro no lo es), ni el cine americano (veremos cuando salga la peli, con Viggo Mortensen de protagonista). A mí me da igual, la verdad, este esnobismo con los géneros y las disciplinas me parece de lo más anticuado. Pero ahí vivimos, en un mundo anticuado.

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Cuando llegaron a la curva el hombre seguía allí de pie. No tenía adónde ir. El chico no dejaba de volver la cabeza y cuando ya no pudo verle más se detuvo y simplemente se sentó en la calzada sollozando otra vez. El hombre paró y se lo quedó mirando. Sacó del carrito los zapatos de los dos y se sentó y empezó a desenvolverle los pies al chico. Tienes que dejar de llorar, dijo.
No puedo.
Le puso los zapatos y se calzo él también y luego retrocedió por la carretera pero no pudo ver al ladrón. Volvió y se detuvo junto al chico. Se ha ido. Vamos.
No se ha ido, dijo el chico. Levantó los ojos. La cara con churretes de hollín. No se ha ido.
¿Qué quieres hacer?
Pues ayudarle, papá. Solo ayudarle.
El hombre volvió a mirar carretera allá.
Solo tenía hambre, papá. Se va a morir.
Se morirá igualmente.
Está muy asustado.
El hombre se puso en cuclillas y le miró. Yo también estoy asustado, dijo. ¿Entiendes? Muy asustado.
El chico no replicó. Se quedó sentado con la cabeza gacha, sollozando.
Tú no eres el que ha de preocuparse por todo.
El chico dijo algo pero no pudo entenderlo. ¿Qué?, dijo.
Levantó la cara húmeda y tiznada. Sí que lo soy, dijo.