sábado, marzo 08, 2008

La fin du romanticisme

Número 1:

—No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho —respondió Marcela— , sino a volver por mí misma y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y, así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos. Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir «Quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo». Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran: que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar, porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa, que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes

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Número 2:

Así que cuando Cora Tull me decía que yo no era una auténtica madre, pensaba en cómo las palabras suben derechas en una fina línea rápida e inofensiva, y de qué modo terrible los hechos se quedan a ras de suelo, pegados a él de modo que al cabo de un rato las dos líneas están tan separadas que una persona no las puede pisar a la vez; y que pecado y amor y miedo sólo son sonidos que las personas que nunca pecaron ni amaron ni tuvieron miedo usan por eso que nunca sintieron y no pueden sentir hasta que se olviden de las palabras.

Mientras agonizo
William Faulkner
(Trad. de Mariano Antolín)

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Número 3:

Sentí un escalofrío en el pecho. 'No, no', dije con voz sorda.

Perdóneme, he padecido tanto tiempo en silencio... en silencio... ¿Estuvo usted con él... hasta el fin? Pienso en su soledad. Nadie cerca que pudiera entenderlo como yo hubiera podido hacerlo. Tal vez nadie que oyera...
Hasta el fin -dije temblorosamente. Oí sus últimas palabras... Me detuve lleno de espanto.
Repítalas murmuró con un tono desconsolado. Quiero... algo... algo... para poder vivir.

Estaba a punto de gritarle: ¿No las oye usted? La oscuridad las repetía en un susurro que parecía aumentar amenazadoramente como el primer silbido de un viento creciente.¡Ah, el horror! ¡El horror!'

Su última palabra... para vivir con ella insistía. ¿No comprende usted que yo lo amaba... lo amaba?

Reuní todas mis fuerzas y hablé lentamente.

La última palabra que pronunció fue el nombre de usted.

Oí un ligero suspiro y mi corazón se detuvo bruscamente, como si hubiera muerto por un grito triunfante y terrible, por un grito de inconcebible triunfo, de inexplicable dolor. "¡Lo sabía! ¡Estaba segura!..." Lo sabía. Estaba segura. La oí llorar; ocultó el rostro entre las manos. Me parecía que la casa iba a derrumbarse antes de que yo pudiera escapar, que los cielos caerían sobre mi cabeza. Pero nada ocurrió. Los cielos no se vienen abajo por semejantes tonterías. ¿Se habrían desplomado, me pregunto, si le hubiera rendido a Kurtz la justicia que le debía? ¿No había dicho él que sólo quería justicia? Pero me era imposible. No pude decírselo a ella. Hubiera sido demasiado siniestro...

El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad
(Trad. de Sergio Pitol)

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Número 4:

Estimada Fennimore, gracias a Dios no sabes lo que dices, pero eres muy injusta con las mujeres, contigo misma. Yo creo en la pureza de la mujer.
La pureza de la mujer, ¿a qué te refieres con la pureza de la mujer?
Quiero decir... sí...
Quieres decir, yo te diré lo que quieres decir. Nada, no quieres decir nada, pues esa es una de esas delicadezas absurdas. Una mujer no puede ser pura, no tiene porqué, ¿cómo iba a poder serlo? ¿Qué es toda esa desnaturalización? ¿Acaso la mujer está destinada a serlo por la mano de Dios nuestro Señor? ¡Contéstame! No, y diez mil veces no. ¿Qué tontería es esta? ¿Por qué pretendéis lanzarnos hacia las estrellas con una mano, cuando al fin y al cabo os veis obligados a bajarnos con la otra? ¿Por qué no podéis dejarnos caminar por la tierra a vuestro lado, hombro con hombro, y ya está? ¡Pero si resulta imposible dar un paso en firme en la prosa cuando nos cegáis con vuestros fuegos fatuos de poesía! ¡Dejadnos en paz, dejadnos en paz, por Dios!

Niels Lyhne
Jens Peter Jacobsen
(Trad. de Ana Sofía Pascual)

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Número 5:

¡Espiritual! Cómo odio ese amor espiritual. No son más que flores de tela las que crecen en el suelo de este amor; ni siquiera crecen, sino que se sacan del cerebro y se clavan en el corazón porque el corazón no tiene flores. Eso es precisamente lo que le envidio a la joven, que en ella no hay nada postizo, ella no vierte el sucedáneo de los sueños en el cáliz del amor. No crea que porque su amor esté atravesado por los hilos de la imaginación y oculto tras las sombras de imágenes fantásticas que se entremezclan en una gran y fecunda vaguedad, ella prefiera las imagenes al suelo que pisa, tan solo es porque todos sus sentidos e instintos y talentos están abocados al amor, incansablemente. Porque no es porque disfrute de sus fantasías, ni siquiera porque se apoye en ellas, no, ella simplemente es real, tan real que a menudo se vuelve, a su ignara manera, cándidamente cínica. Usted no sabe, por ejemplo, cuán embriagador y placentero puede ser para una joven inhalar secretamente el traje de su amado, significa mil veces más para ella que toda una inflamación de fantasías. Desprecio la fantasía. ¿Qué sentido tiene, cuando todo tu ser anhela el corazón de un hombre, que tan solo se te permita entrar en la fría antesala de la fantasía? ¡Y cuán a menudo es así! ¡Y cuántas veces nos vemos obligadas a soportar que aquel al que amamos nos disfrace con su fantasía, nos corone con una aureola, nos ligue unas alas a la espalda y nos envuelva en un manto estrellado! Y entonces es cuando, por fin, nos encuentra dignas de ser amadas, cuando nos paseamos con toda esa parafernalia carnavalesca con la que ninguna de nosotras se encuentra a gusto, ni puede ser ella misma, porque estamos demasiado emperifolladas y porque nos confunde al postrarse a nuestros pies y adorarnos, en lugar de tomarnos tal como somos y simplemente amarnos.

Niels estaba confundido, había recogido del suelo el pañuelo que a ella se le había caído y ahora se embriagaba con su perfume. No estaba preparado para que ella lo interrogara mirándolo con tanta insistencia, precisamente ahora, cuando estaba tan absorto contemplando su mano. Sin embargo, consiguió contestar que esa era la mejor prueba del gran amor que le profesaba el hombre, pues a fin de preservar y defender el amor indecible que siente, la envuelve en un halo de divinidad.

Sí, eso es precisamente lo que resulta ofensivo dijo la señora. Pues ya somos suficientemente divinas tal como somos de verdad.

Niels sonrió complaciente.

No, no sonria, no debe tomárselo a la ligera. Al contrario, esto es muy serio, pues esta adoración, en todo su fanatismo, es absolutamente tiránica, nos obliga a adaptarnos a un ideal del hombre. ¡Corta un talón y secciona un dedo! Hay que eliminar todo aquello que en nosotras no se corresponda con su idea, si no coartándolo, pasándolo por alto, olvidándolo sistemáticamente, negándonos todo progreso. Y lo que no tenemos, o que no es en absoluto propio de nosotras, hay que llevarlo a la floración más salvaje poniéndolo por las nubes, presumiendo siempre que es el don más destacable y convirtiéndolo en la piedra angular sobre la que se construye el amor del hombre. Yo lo llamo violación de nuestra naturaleza. Lo llamo adiestramiento. El amor del hombre es domesticación. Y nosotras nos doblegamos a él, incluso las que no amamos nos sometemos, despreciablemente débiles como somos.
Niels Lyhne
Jens Peter Jacobsen
(Trad. de Ana Sofía Pascual)

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Número 6:

Cuando ella partió, al intentar hacer mi toilette en el baño, un olor repulsivo me rechazó. Llegué hasta el inodoro, levanté su tapa. Por un olvido, la verdad, toda la verdad de la vida y de la hembra estaba allí: sus materias fecales, sus excrementos tibios quizás, despidiendo un olor nauseabundo. ¡Y yo lo había besado, una y mil veces, cubierto apenas por un milímetro de su piel! ¡Yo, capaz de matar al que hubiera tratado de arrebatarme ese vientre!

Raúl Barón Biza
(fragmento citado en Vacaciones en Polonia #3)

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Ahora que, tal vez, empiezo a superar mis sueños adolescentes de convertirme en musa, de ser amada con obcecación por un poeta, un artista, de ser idealizada, de ser adorada por mil pequeños detalles (un pliegue de mi piel, la comisura de mis labios, una pestaña caída sobre mi mejilla), de producir con mi presencia un silencio sobrecogido, un rubor anhelante, de ser, en fin, objeto de una obsesión erótica absolutamente irracional, me doy cuenta de cuántos problemas me he ahorrado, de lo bien que he aprovechado el tiempo que no he malgastado haciendo de Coppelia y, en fin, de lo buena que es la perspectiva desde la silla, siendo la fea de muchos bailes. Nunca he podido ser lo que los demás querían, pero a cambio he podido ser lo que no esperaban.

P.S. Pero sí, a los diecisiete lo que habría molado es ser una musa, y que un desconocido me regalara flores... (risas). Feliz día de la femme.