sábado, julio 12, 2008

Aquí

Ayer mi lovely A. me echó un buen rapapolvo. Con razón, claro. Dice que tengo que ir a un sitio a que me pongan las piernas rectas. (En realidad me estabas diciendo muchas más cosas, pero escrito así sonaba más gracioso, no me lo negarás.)

Lo quiero todo con tanta desesperación que al final acabaré por no conseguir nada. Solo taquicardías diarias. De hecho, estoy empezando a comprender que esa desesperación nace precisamente del terror que siento cuando veo que cada vez tengo menos ganas de intentarlo. Unas brazadas más, me digo, y tal vez consiga alejarme de este remolino.

Pero no estoy segura de que haya un sitio para mí fuera de él, y estoy cansada. Empiezo a escribir posts que jamás habría escrito. A exhibir avergonzada mi derrotismo. Veo el cansancio en los ojos de los que me escuchan, como los del señor C., o los de J. el otro día. Veo el cansancio en los míos cada mañana.

Y mientras fumo y fumo aquí sentada, tratando de descubrir si soy yo la que está construyendo esas murallas, o si he pecado de hibris pensando que podía saltarlas sin más.

Si no será simplemente que soy una persona cualquiera.